sábado, 13 de mayo de 2017

Solo dime cariño, si ni siquiera tú sabes quién eres, ¿cómo pretendes que yo te conozca?

Te veo. Andas despreocupada, mientras tu pelo se mueve de lado a lado acompañando el ritmo de tus pasos. La música suena por tus auriculares a todo volumen. Tarareas tus canciones, murmullos apenas distinguibles entre el barullo del resto de gente que nos rodea. Y te miro. Me fijo en como tus pasos cambian de ritmo tras cada canción, y en como sonríes para ti misma en reconocimiento a tu fantástica elección de música. Cierras los ojos lentamente, disfrutando de la melodía, y en tus mejillas ruborizadas veo reflejadas mis ganas de encontrarte. A veces mis pasos acompañan los tuyos, y sin embargo otras prefiero dejarte ir, y observarte desde la distancia. Es duro para mi no poder leerte la mente, porque parace tan compleja. La mía es más sencilla. Tú eres la que ocupa mis pensamientos. Tus ojos color miel, tus largas pestañas, e incluso el arquear irónico de tu ceja. Tu risa, oh tu risa, nunca nada había hecho vibrar así mi corazón, al compás de tus carcajadas. Y tus pequeñas pecas adornando tus mejillas, haciéndote ver tan niña como cuando nos conocimos. Y es en tus pequeñas arrugas, en tus curvas, que veo el paso de los años, de nuestras historias. Y en silencio me pregunto si alguna vez todo volverá a ser como al principio. En si podré volver a sujetar tu mano, y volver a hacerte soñar como lo hacíamos entonces. Porque el tiempo pasa, y a veces, me pregunto si no será mejor soltar tu mano y dejarte correr libre por siempre. Porque aunque duela, no hay nada más impresionante que ver a una fiera correr en libertad. 

Fuente: Sara Herranz